EUROPA MÍA
Favorecida por las condiciones de un
dólar más que accesible en la
Argentina de aquel entonces, después de pedir una audaz
licencia sin goce de haberes en mi flamante trabajo, de embarcarme en un
crédito y de desoír sentencias como “no podés ir sola a Europa”, el 4 de enero
de 1980 partí desde Santa Fe, para cumplir con mi largamente pregonado
anuncio: “me voy a Inglaterra”. Partí ya con exceso de equipaje: dos valijas
colmadas de prendas que no utilizaría en todo el mes —inútiles en el guardarropa de una mujer de
veintidós años—, coronadas por una pesada plancha de viaje que ni siquiera sabía cómo
usar.
Cuando
mi familia, desconcertada y temerosa, me despidió en el aeropuerto de Sauce
Viejo, no contaba yo con compañía alguna ni mucho menos con un itinerario
armado, sólo un par de consejos como: “podés alojarte en un Bed &
Breakfast, son familiares y baratos”,
“comprá un pase para moverte en tren, es más económico y práctico”. El país
entero viajaba en esa época y sólo pude conseguir un pasaje de una aerolínea
portuguesa; por lo tanto, debía volar desde Buenos Aires a Río de Janeiro, allí
hacer trasbordo hasta Lisboa y tomar otro vuelo para llegar, por fin, a
Londres.
Ya en Ezeiza
me encontré con un serio obstáculo: la empresa en la que debía realizar el
primer tramo no reconocía mi nombre en su lista de pasajeros del vuelo con
destino a Río y tuve que peregrinar, pasaje y valijas en mano, por los
mostradores de innumerables compañías para recibir sólo negativas. Allí conocí
a Fernando y Walter, mis primeros compañeros de peripecias, aunque ellos
corrían con ventaja: vivían en Buenos Aires y la responsable de su agencia de
viajes los estaba acompañando y defendiendo. Veinte minutos antes de la partida
del avión —y creo que sólo gracias a mi insistencia— logré treparme, más que embarcarme,
en mi primer vuelo internacional. Confieso que me sentí un poco desubicada, en
ese inmenso DC 10, entre jóvenes viajeras experimentadas que iban a tomar
cursos de inglés al Reino Unido. Pero enseguida me hice amiga de Gloria, quien
también viajaba por su cuenta y me invitó a visitarla tres semanas después en
su casa de intercambio en Escocia.
En Río me
esperaba una nueva peregrinación entre los sectores B y el C del inmenso
aeropuerto en busca del equipaje y de la oficina de la compañía aérea, sólo
para enterarme de que, gracias a huelgas por problemas políticos en Portugal,
el vuelo 370 estaba retrasado nada más ni nada menos que en ¡veinticuatro
horas! Nuevos compañeros de suplicios, instalados en un hotel cinco estrellas
un poco apagadas y la inesperada oportunidad de conocer la cidade maravilhosa,
cuyos encantos mil se me ofrecieron generosos al día siguiente. Desde
el micro turístico que circulaba a una velocidad estrepitosa, la primera
impresión un poco decepcionante que había tenido por la mañana al recorrer el
centro antiguo de Río, cambió por completo. Paseamos por Copacabana, Ipanema,
el Pan de Azúcar y, siempre ascendiendo en medio de la frondosísima vegetación carioca,
llegamos al pie del Cristo Redentor en el Corcovado, para contemplar, admirados,
la conmovedora vista de la ciudad y sus generosas playas.
Al regresar
al hotel para cenar antes de partir hacia el aeropuerto, una gratísima
sorpresa: estaban allí Fernando y Walter, quienes viajarían en el mismo vuelo a
Lisboa. Mientras tanto, la libreta de anotaciones que empecé al salir de casa
iba ganando volumen en forma vertiginosa. Sin darme cuenta hice muchos amigos,
tomé direcciones y teléfonos, escuché advertencias, compartí promesas de
reencuentro; en suma, fui armando sobre la marcha el rompecabezas de mi viaje.
Otra dura
batalla me aguardaba en Lisboa: no podían confirmarme vuelo directo a Londres
hasta tres días después. Gracias a nuevas negociaciones de las que salí airosa conseguí
que me pusieran en lista de espera en tres vuelos que salían el día siguiente.
Además, logré el perdón de mis enemigos de fila, quienes terminaron deseándome
suerte, admirados por mi empresa solitaria.
También en
la capital lusa tomé un city tour que
no figuraba en mis planes. En compañía de mis recientes compinches,
conocí las pintorescas callecitas de Lisboa, con su ropa multicolor flameando
desde los tendederos que emergían de los balcones. Contemplé la vista de la
ciudad desde el mirador del Castelo Sao Giorgio, sus gastados techos rojos, el
río Tajo. Descifré el portugués que hablan sus habitantes, tan distinto del que
había aprendido en clases.
Finalmente,
y recién cuatro días después de haber partido (como quedó asentado en una
postal que envié a mis padres), la meta tan ansiada: Heathrow, Victoria Station
y un hotel familiar donde me instalé de inmediato. El primer paso, el más
temido, estaba dado. El cansancio, el miedo a lo desconocido y la desprotección
quedaron esa noche al descubierto y se tradujeron en unas líneas de fiebre y en
la poca energía para salir al día siguiente. Me desperté tarde y agotada. La
primera mañana estaba perdida. Para sentirme mejor, apelé a una clásica
herramienta femenina: entré en una peluquería y confié despreocupadamente mi
cabello a la creatividad de un desconocido. Salí renovada, estrenando el corte
de pelo que usaba la mayoría de las inglesas y que unos meses después el mundo
entero le copiaría a la prometida del Príncipe Carlos, una tal Diana Spencer.
Durante más
de dos semanas disfruté de Londres y de lujos como hacer compras en Liberty,
tomar el té en Harrods, caminar por Bond Street, Regent St, Covent Gardens o Portobello
Road. Pasé un domingo en Hyde Park escuchando a los irreverentes oradores del Speaker’s
Corner disertar sobre política, economía, la inminente llegada del fin del
mundo y criticar despiadadamente a la
Reina (eso sí, siempre guardando las formas y subidos a una
escalera para no pisar suelo inglés). Me fui familiarizando con los recorridos
del tube y de los double-deckers, en convivencia con los encantadoramente
antiguos taxis.
Después de
cumplir con los compromisos turísticos y de tildar en la lista el Big Ben,
Picadilly Circus, Tower Bridge y el cambio de guardia en el Buckingham Palace,
me aboqué a descubrir sus maravillosos pubs, sus enormes parques y
museos, como el British Museum, el Victoria and Albert y el más "novedoso",
el Madame Toussauds.
Admiré la
lejana e inasible elegancia de sello londinense en contraste con la rebeldía
del por entonces incipiente movimiento punk. Tentada por los enormes murales que cubrían el frente de una
disquería, entré a comprar el último hit que publicitaban: el flamante disco de
Pink Floyd, The Wall. Todos recuerdos mágicos que me hacen revivir esa
omnipotente sensación de libertad de movimiento que da el caminar sola por una
calle desconocida.
Pero también
me encantó compartir los últimos días con una parejita de españoles que conocí
en el hotel. Merçé, con sus tiernos dieciocho años había decidido seguir a su
novio Nando (diez años mayor que ella) y largarse a la aventura de trabajar en
Londres para aprender inglés a la perfección. Con ellos viajé en tren y pasé un
día en Oxford y otro en Bath; jugué con la nieve, volví a reír y cantar, a
sentirme en buena compañía. También sobrellevamos juntos un extraño episodio: un
misterioso personaje, al descubrir que hablaba inglés, se acercó a pedirme que
hiciera de intérprete y que le entregara unas cartas al Embajador de los
Estados Unidos. Decía haber inventado un arma poderosísima para destruir Irán y
que, por esa razón, lo perseguían espías alemanes. Confieso que por un rato nos
alarmó su presencia, pero seguimos el consejo de un policía: "forget it", y terminamos riéndonos
a carcajadas del incidente. Debo reconocer que durante el mes entero estuve en
contacto con el peligro, pero, sin dudas, la bondadosa caricia de Dios me
acompañó todo el tiempo.
Quizás un
poco de nostalgia o la falta de sol tan presente en enero en mi tierra, me
ayudaron a tomar la decisión: cambié de rumbo, le fallé a una adorable viejita
que me había invitado a tomar el té en Brighton, y adelanté la partida a
Escocia. Fui en tren, de día, para no perderme la magia de la campiña y de los
paisajes con nombres de cuentos de hadas que desfilaban detrás de la
ventanilla. Las horas en el tren me dieron la oportunidad de actualizar mi
diario, que más que una bitácora de viaje, se había ido convirtiendo en una
descripción de estados de ánimo:
«Un viaje
es algo así como un alumbramiento. La concepción es la aparición de la idea de
viajar, que va creciendo en deseos y en preparativos y se va gestando hasta que
llega el momento de emprenderlo: el parto, que es la partida y la jornada en sí.
Lo cierto es que una madre se olvida de los sufrimientos del parto cuando
conoce la cara de su hijo. Yo tenía muchas ganas de "conocerle la cara a
mi viaje" y estoy esperando paciente el desarrollo de su personalidad.(…) Viajar sola tiene sus contras, pero es fascinante. Cuando pienso
en la amplitud de movimiento que significa trasladarme por el mundo con tanta
sencillez. Con solo tomar un avión o un tren se abren tantas puertas. Tanta
gente que se va dejando en el camino, sin dolor, sin angustia, sin esa
apremiante sensación de despedida.»
Estas
y otras tantas reflexiones quedaron registradas en mi bloc de notas; el mismo
que hoy, más de treinta años después, me permite hilvanar esta historia de
desafíos permanentes que tanto marcó mi vida.
Llegué a
Edimburgo de noche e inmediatamente llamé a mi amiga Gloria. Se alojaba en un
barrio apartado del centro y no había hoteles en los alrededores, entonces su
anfitriona me invitó a quedarme con ellos cuantos días quisiera. ¡Ese
recibimiento y vivir en familia fue más de lo que esperaba! Me encantó Escocia,
el Royal Mile, sus castillos medievales recortados en medio de las montañas, su
gente cálida y amable. En un romántico pueblito llamado Peebles, con sus
puentes de piedra sobre un río prolijamente recortado en el paisaje, me
sorprendí pensando: “aquí me gustaría vivir”.
Regresé
de Edimburgo de noche en el camarote de un tren, para reencontrarme al día
siguiente con Gloria en Gatwick y volar juntas a París. Una vez allí, siguiendo
amables instrucciones, llegamos en métro hasta la estación más cercana a
la dirección de contacto que tenía con Fernando y Walter. El barrio resultó ser
L’Etoile y, al salir del metro y subir a la calle, nos recibió
impresionante, victoriosamente iluminado, el Arco de Triunfo.
Otra
vez la “casualidad” quiso que los chicos —que esa misma noche volvían a la
Argentina— estuvieran en la dirección que me habían dado despidiéndose del
dueño del departamento, un amigo de la familia. Allí compartimos charlas,
quesos y vino con ese tan personaje bohemio. Se trataba de un argentino
exiliado, escultor, escritor y traductor, que solía recibir en su altillo a sus
coterráneos amigos, entre otros, a Julio Cortázar. Nos instalamos en el hotel
más cercano, lindo, confortable y accesible. Lydia, su dueña, hizo de
espléndida anfitriona: sabía español, quería practicarlo. Nos llevó a recorrer
en su auto las elegantísimas avenidas parisinas, y a cenar pato y cordero en un
restorán que funcionaba en un sótano abovedado. Todo un sueño.
Hacía frío
en París, pero nos sentíamos radiantes como en primavera. Por unos días cedí a
Gloria las riendas de la comunicación: ella hablaba francés e hizo de
imprescindible intérprete. Visitamos el Barrio Latino, caminamos a orillas del
Sena, nos retrataron en la plaza de los pintores y hasta el flamante Pompidou
nos ofreció ¡una muestra completa de las obras de Dalí!
Gloría
debía volver a Londres. Otra vez la separación, otro paso en soledad.
Esa última mañana sola en París sentí
la fría mirada de la incomprensión cuando intenté comunicarme sin saber
francés.
Ya
tenía decidido postergar la visita a Italia para una nueva oportunidad,
dedicarle a la búsqueda de mis raíces otro viaje especialmente destinado al
encuentro con el lugar donde bien podría haber nacido, el pueblito de mis
ancestros en el Piemonte. Cambié el vuelo a Roma por un stop en
Barcelona. Allí visitaría a la catalana Merçé, quien la última noche que
cenamos juntas me había confesado que no era feliz y no lo sería nunca a causa
de la ruptura con sus padres. Había resuelto dejar a su novio menorquín, abandonar
la búsqueda infructuosa de trabajo y aquella aventura que no estaba resultando
del todo bien, y retomar el camino de una vida protegida en familia.
En el vuelo
a España —y porque los argentinos nos detectamos en cualquier lugar del mundo— entablé
conversación con Claudia, una médica porteña residente en Barcelona, y su
hermana menor, Alejandra, que estaba de paseo. La invitación no tardó en
llegar: “vení a parar a casa, yo estoy ocupada todo el día y Ale se aburre”. Su
nido de mujer independiente me fascinó, era un sobreático coqueto, decorado con
la ayuda de su novio arquitecto. Una vez más disfruté de la compañía joven para
recorrer las Ramblas, el Barrio Gótico, la arquitectura de Gaudí. Hasta me di
el gusto de desengañarme con la “nada bonita” Badalona —¡este Serrat y ironías!
—.
No pude, sin
embargo, reencontrarme con Merçé; no había vuelto a casa. Pero sí conocí a su
familia, que vino inmediatamente a verme para averiguar todo lo que pudiera
contarles sobre ella. Su padre despotricaba contra “ese bueno para nada, ese
zapatero que no sabe hacer zapatos” que le había arrebatado a su niña. Su
madre, en cambio —¡cómo la entiendo ahora! —, me arrancaba detalles acerca de si
su hijita pasaba frío o hambre, si estaba triste, si era feliz.
Otra
historia corría paralela y tenía por escenario todas las ciudades que visitaba:
la odisea de tratar de endosar mi pasaje a Aerolíneas Argentinas, volver en
vuelo directo, ir sintiéndome en casa. En Barcelona me enteré de la verdadera
razón por la que me negaban ese derecho: a pesar de que, para no tener ningún
problema, había pagado el pasaje al contado la agencia de viajes, la agencia no
hizo lo mismo al mayorista, por lo tanto, mi pasaje no era cash. Creo que gané la batalla más por cansancio más que por
derecho, pero finalmente logré que lo endosaran, ya que no podían confirmarme
el vuelo de Río de Janeiro a Buenos Aires.
Madrid era
el último punto, y en apenas medio día recorrí todo lo que pude con Alejandra y
con los amigos de Claudia. Fueron todos a despedirme a Bajaras con inusitada
calidez y desafiantes y justificados retos como: “mujer, tú no puedes irte sin
conocer Sevilla, Granada...”. Tenían razón.
A
medida que mi viaje fue creciendo, le fui descubriendo una personalidad que me
resultaba bastante conocida: la mía. Estuvo siempre protegido por un ángel
guardián, también signado por la improvisación, los cambios de planes, los
nervios de último momento y un poco de inseguridad. Por suerte, el placer de
enfrentar el desafío me hizo actuar a pesar del miedo.
Había
partido con dos valijas y volví con tres, con nuevas prendas que serían símbolo
de exclusiva libertad: boinas de varios colores para combinar con abrigos de Petticoat
Lane; botas y regalos comprados en Champs Elysées; originales sábanas,
portarretratos y cubreteteras de Edimburgo. Es decir, tesoros descubiertos en
el viejo mundo para empezar uno nuevo, propio y exclusivo, con esa particular
sabiduría que da el haber viajado.
2006
Nostalgias
de Londres
Londres me recibe con sol en pleno marzo. ¡Mucho más de lo que esperaba! Aunque ya no me llamen young lady sino madam en los taxis de esta distinguida ciudad, me alegra comprobar que los nuevos coches conservan —por elección y confort— la misma característica forma de los cabs de siempre. No bien llego dispuesta a revivir recuerdos, me sorprenden espectaculares edificios de oficinas vidriadas. Es que aquí contrastan armoniosamente la rebeldía de mantener la tradición a ultranza con la indocilidad que da origen a las corrientes más vanguardistas. Y en eso radica su atractiva esencia. Entonces, enseguida me reencuentro con mi Londres, siempre elegante y de alguna manera inalcanzable, a pesar de permitirme transitarla otra vez.
Durante cinco intensos días me alojo en Bloomsbury. Camino por sus calles,
bordeando las plazas enrejadas, y resuena en mí la emoción que Virginia Woolf
imprimía a cada una de sus palabras “(...) was
what she loved; life; London; this moment of June. I love walking in London, confesaba Virginia a través de Clarissa Dalloway. Yo también amo caminar por sus veredas. Y navegar por el Támesis hasta Greenwich y
contemplar toda su belleza desde la panorámica perspectiva que brinda el London
Eye. Desentrañar los vericuetos de la Torre; admirar las culturas del mundo
magistralmente exhibidas en el British Museum o en la National Gallery;
redescubrir el mercado callejero Portobello Road, en Notting Hill. Y hasta ser
fugaz habitué del pub The Swan,
convertido en punto de encuentro para comer sausages with mash y tomar cerveza con mis compañeros.
Me maravilla esta ciudad, que no logran deslucir los paraguas
descartables apoyados en un árbol o
abandonados por los desaprensivos turistas al costado de una puerta. Nadie podrá opacar su refinamiento, mientras
en su marquesina de New Oxford Street, James and Sons anuncie con orgullo que desde 1830 fabrica eternos paraguas y
bastones de madera, y resista británicamente la invasión de los importados,
vulnerables al primer viento fuerte en el cruce de una bocacalle.
La comparación con el viaje anterior es inevitable. ¡Qué distintas eran
aquellas circunstancias! Promediaba el año 79, tenía veintidós años y un
diploma de traductora recién obtenido. No tenía trabajo ni perspectivas de
conseguirlo. Sin embargo, con sólida determinación afirmaba a quien quisiera
oírme: ¡Me voy a Inglaterra! Soy
argentina, lo que explica muchas cosas: en mi país estamos acostumbrados a los
bruscos y rotundos cambios en nuestra suerte. En agosto de aquel año conseguí
un puesto bien remunerado, y en enero del 80 estaba volando a Londres. Sola. Sin reservas ni
itinerario organizado. Con un par de datos y demasiada ropa, partí para cumplir con mi pregonado anuncio. Por eso Londres significa para mí mucho más que una ciudad cosmopolita,
fascinante, única. Aquí descubrí la omnipotente libertad de movimiento que da
el caminar sola por una calle desconocida.
Sin embargo, los avatares de una guerra que no elegí y
algunas otras cuestiones personales, hicieron que recién pudiera volver tres
décadas después de aquella aventura. Acompañada, guiada, más organizada esta
vez. Totalmente sola y programando todo sobre la marcha, aquélla. Llevo menos
equipaje que hace treinta años, pero tres pares de anteojos y otros adminículos
abultan mi cartera. En aquella oportunidad hablé por teléfono con mi madre un
par de veces, después de pedir la llamada a una operadora y de esperar
pacientemente la conexión. Mis amigas aún conservan una postal en la que decía
que, a causa de las huelgas y de otros contratiempos, “en pleno siglo XX me
llevó cuatro días llegar a Londres”. Ni siquiera el siglo es el mismo, y
tarjetas telefónicas, celulares e Internet, inclusive en los trenes, me acercan
a mis hijos casi a diario.
Es otro encuentro, más relajado, éste que hoy termina con Londres. A través de las ventanillas del tren
Thalys a Bélgica, se suceden suaves colinas sobre las que se esparcen casitas
encantadas, detrás de cuyas ventanas prefiero imaginarme una vida perfectamente
feliz.
marzo de 2009
Continuidad de la historia
que eligieron mi corazón y la araña.
Julio Cortázar, 1966.
Según Facebook soy amiga de personas que nunca vi, soy prima de un amigo y recientemente estuve en Bariloche. A Bariloche fui sólo una vez y en viaje de quinto; estamos de acuerdo en que el tiempo corre vertiginosamente, pero… Hay enunciados difíciles de refutar, sobre todo cuando la tecnología se interpone con nuestro afán de no mentir. Sin embargo, Facebook no siempre miente y esta vez me trajo una maravillosa sorpresa: otro viejo amigo —a quien conocí en un viaje transformador y dejé de ver hace más de treinta años— me contactó y me regaló un valioso documento que “la arritmia del hombre y su memoria” me había hecho pasar por alto.
Quisieron la inconsciencia de mis veintidós años y unos dólares ahorrados en pocos meses que el 4 de enero de 1980 partiera desde Santa Fe —sin compañía ni itinerario organizado— a recorrer Europa. La meta era Londres; las escalas, previstas e imprevistas, fueron varias. Mi primer vuelo internacional fue una odisea y luchando por mi derecho a abordarlo, conocí en Ezeiza a Fernando Prats y Walter Gerding. Gracias a huelgas y accidentados trasbordos, volvimos a encontrarnos en Río de Janeiro y, al día siguiente, tomamos el mismo avión a Lisboa, donde nos despedimos, porque allí comenzaba su recorrido.
No se trata en este caso de “la falsa ciudadela del recuerdo”, sino de una ciudadela incompleta, que hizo que no grabara un detalle fundamental del último punto de encuentro con “los chicos”, veinte días después de habernos separado en Portugal. Mis apuntes de entonces, el relato que reescribí varias veces y la araña registraron perfectamente la tarde en que llegué junto a Gloria Gil (con quien compartía ese tramo del improvisado periplo) hasta la única dirección de contacto que mis recientes amigos me habían dado por las dudas. La memoria trabajó por su cuenta y grabó a fuego el momento en que la puerta se abrió y detrás de Carlos, el dueño de casa, asomó la sonrisa de Fernando, que estaba allí casi por casualidad, despidiéndose porque esa misma noche volvían a la Argentina. Recuerdo que ante la efusividad del encuentro Carlos repetía “¡chicos, chicos, no griten, estamos en París!”. Que comimos jamón y queso acompañado de vino tinto, y que escuchamos deslumbrados las anécdotas de ese escultor, escritor y traductor argentino que solía recibir en su altillo a otros compatriotas exiliados, como la Tana Rinaldi o ¡Julio Cortázar!
Ahora que le exijo explicaciones a mi memoria, sí, me parece ver a Fernando feliz y agradecido por un regalo de Carlos. Lo que mi distraído registro no había captado es que se trataba de una impresión autografiada por don Julio del relato “Acerca de la manera de viajar de Atenas a Cabo Sunion”, inspirado por nuestro anfitrión, Carlos Courau, ese “cronopio infatigable si los hay”.
Gracias, Fernando, por buscarme en la web y permitirme reparar ese hueco imperdonable de aquella historia.
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![]() |
Carlos Courau, Gloria, Fernando y Mónica, 24 de enero de 1980 |
![]() |
Walter, Fernando, Gloria y Carlos Courau |
Aquarela de meu Brasil
Siempre con el mar
como actor principal –aunque en aparente función de telón de fondo–, vi
desfilar en primer plano una acuarela de personajes de reparto que hacían aún
más gostosa la elegida playa brasileña.
Temprano por la mañana, escuché a los
guardavidas que entrenaban por la arena afirmar cantando que su misión não é
brincadeira. Durante el resto del día los vi dar cuenta de que su trabajo
no es juego y lidiar incansablemente con nosotros, los bañistas audaces y
entusiastas.
Al pasar caminando
por la orilla del mar, escuché a un brasilerito bautizar orgulloso árvor de
Natal lo que para mí siempre fue un castillo adornado con “choricitos”. Unas
sombrillas más allá, un niño retaba a gritos a su madre y un padre aprovechaba
las vacaciones para tratar de aleccionar solemnemente a su hijo.
Al descubrirse sin
efectivo, una pareja –compinche y divertida– programaba usar cartón para
pagar sus gastitos de esa noche.
Contemplé un mar de
pareos, vestidos y manteles flameando en la playa, colgando de los hombros de
varones y mujeres embarcados en caminatas interminables para ofrecer
pacientemente casi lo mismo, todo el tiempo, a veraneantes que se renuevan cada
diez o quince días. Los hombres llevando a cuestas un enorme cargamento de cangas, saias y vistidos –y algunos hasta un maniquí rebotando a cada paso–
y el imprescindible espejo para que la señora experimente cómo le queda el modelito. Con paso firme, voz potente
y paciencia para aceptar todas las excusas, pasaron durante todo el día enarbolando
las novedades de la temporada como estandartes, ofreciendo insistentemente
corpiños tomara que caia, bikinis, mantas y hasta percheros
de pie…
Vi a una mujer
mayor empujar trabajosamente un carro de bebidas y a una artesana pasear
serenamente sus collares y aros tratando de detectar, como al descuido,
posibles candidatas para sus obras de arte.
Vi bikinis de todos
los modelos y colores descubriendo mujeres de todas las edades, tamaños y
siluetas. Vi a una mujer resignar la elección del más bello pareo ofrecido bajo
el sol porque a su marido no le gustaba.
Hasta me sorprendió una joven –local, por supuesto– que se depilaba
descaradamente las piernas bajo una sombrilla.
Fui testigo de
precios que se derrumbaban en minutos ante la indiferencia de la compradora. Regateé,
como es ley, con los más pícaros y me compadecí del inocente vendedor de
sombreros que deambulaba errante malgastando sus escasas ganancias.
Desfilaron ante mí
pintorescos barcitos sobre ruedas, algunos sofisticados y otros tan simples que
el barman elaboraba sus tragos a base de abacaxí
haciendo girar eternamente una manivela. Cerré los ojos y me llegó el continuo
pregón por milho-agua-refri-cerveja
gelada-queijo-sorvete-aguadecoooooco…
Un vendedor ofrecía
anteojos respetuosamente por la mañana y con llamativa vehemencia –caipirinha en mano–, por la tarde. Al
atardecer yacía desparramado en la
arena, desmayado –pero siempre con su panel de falsos raybán bajo el brazo–. Al acercarme, lo vi reaccionar con sobresalto
en medio de un alarmado círculo de turistas que lo creía muerto.
Me indigné con una
familia argentina que al retirarse dejó un halo de latitas, bolsas y papeles, y
admiré a otra –local, obviamente– que se alejó de la playa ya desierta
recogiendo toda la basura que encontraba a su paso.
Vi todo eso y mucho
más, frente a un mar abrazado por morros cubiertos de mata atlántica,
interrumpido de tanto en tanto por estratégicos islotes, en Ingleses,
Florianópolis, Brasil, un día de enero de dos mil diez.
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